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¿Dónde? Malá Strana

Malá Strana, literalmente el “Pequeño Lado”, es un milagro de arquitectura que ha conservado todo su carácter, tan auténtico como fabuloso. A diferencia de la Ciudad Vieja y la Ciudad Nueva, Malá Strana no ha sufrido las sacudidas radicales tan características de los siglos XIX y XX. Así pues, el barrio ha permanecido tal cual durante siglos: un pequeño grupo de casas medievales y barrocas engarzadas en un paisaje pintoresco, cuyos jardines y vergeles marcan un contrapunto respecto al resto de la ciudad.
El alma de Malá Strana es San Nicolás, una iglesia barroca que data del siglo XVIII, cuyo campanario y cúpula son tan monumentales como el castillo de Praga, situado justo ladera arriba. Las callejuelas y recovecos del barrio son, en cambio, muy tranquilos, casi íntimos: de este modo, en pleno centro urbano, Praga conserva un carácter de discreta localidad que parece vivir a su propio ritmo, apartada del mundo. Este “Pequeño Lado” es además el digno pedestal del Castillo, cuya silueta no sería tan impresionante sin los campanarios de Malá Strana. Por otra parte, es un mundo misterioso, cerrado sobre sí mismo, que parece existir fuera del espacio y del tiempo.
Al igual que los otros antiguos barrios de Praga, Malá Strana se construyó a partir de un núcleo medieval. Su emplazamiento estratégico, al pie de la morada de los soberanos de Bohemia, hace que sea un cruce de caminos natural alrededor del cual aparecieron sin duda los primeros asentamientos en el territorio de Praga, a partir de la Alta Edad Media. La indudable importancia de Malá Strana en esta época se ve confirmada por la presencia de la torre románica del antiguo puente Judith, que es hoy en día la menor de las dos torres del puente de Carlos, en el lado de Malá Strana, además de la parte románica de la iglesia de Nuestra Señora bajo la Cadena, que pertenece a la orden de Malta. El periodo gótico es esencial en este barrio, cuyo trazado fue revisado totalmente a mediados del siglo XIII. Aunque pueda parecer sorprendente, las calles y plazas actualmente flanqueadas por magníficos palacios y casas renacentistas y barrocas tienen su origen en la Edad Media, periodo en el que se estableció un verdadero diálogo entre la arquitectura y el paisaje.
En 1541, un trágico incendio asoló más de dos tercios del barrio, marcando un hito decisivo con importantes consecuencias para el futuro de Malá Strana: la destrucción de la mayor parte de las construcciones medievales permitió efectuar una gran cantidad de reformas y edificaciones durante el Renacimiento y el Barroco, lo cual aumentó considerablemente el potencial de este lugar.
Dado el emplazamiento excepcional de Malá Strana, al pie del Castillo, es totalmente natural que se hayan construido palacios para la nobleza en los siglos XVII y XVIII, que influyeron notablemente en el aspecto del barrio. Todos estos palacios disponen de vastos jardines que aprovecharon y embellecieron el cinturón verde que rodeaba este antiguo barrio. En cuanto a los lugares de culto edificados en el mismo periodo, tienen un papel igual de importante y representan un patrimonio artístico inestimable.
Por último, Malá Strana debe su carácter particular a las numerosas estatuas y esculturas que adornan sus jardines, sus plazas y sus rincones, y que terminan de convertirlo en una auténtica joya del barroco.

Principales monumentos:
Entre los monumentos románicos de Malá Strana, la torre Judith, que data de la segunda mitad del siglo XII y formaba parte del puente Judith, ancestro del puente de Carlos, es la mejor conservada. En cuanto a los edificios góticos, lo más impresionante es sin duda el fragmento de fachada de la iglesia de Nuestra Señora bajo la Cadena, un vestigio de la iglesia construida en el siglo XIV por los talleres de Matthieu d’Arras y parcialmente destruida durante las guerras husitas.
El Renacimiento está presente en una gran cantidad de casas burguesas y de palacios, entre los que cabe destacar la fachada con frontón del palacio Thun, junto a la escalera del Castillo, que data de la segunda mitad del siglo XVI.
Nos encontramos con el Barroco en todas sus formas y con todos sus matices: citemos en especial el palacio Wallenstein, cuya construcción es el fascinante eco de otro suntuoso palacio que data del reinado de Rodolfo II, el palacio Lobkowicz y su fachada hacia el jardín que es una de las más bellas de Europa. Mencionemos además los palacios Thun y Morzin, en la calle Nerudova, que aúnan los talentos de arquitecto de Jan Blažej Santini-Aichel y los de los escultores Matthias Braun y Ferdinand Maxmilián Brokoff.
En cuanto a los lugares de culto, admiremos por ejemplo la iglesia de Nuestra Señora de las Victorias, con una arquitectura tan austera como impresionante y que alberga la estatuilla del Niño Jesús de Praga, sin olvidar la fachada dramática de la iglesia de Santo Tomás y, sobre todo, la monumental iglesia de San Nicolás, obra de los arquitectos Dientzenhofer padre e hijo.
Todo paseo para conocer los monumentos barrocos de Malá Strana debe concluir en uno de los extraordinarios jardines que salpican el barrio y que, casi siempre, ofrecen unas vistas a Praga inigualables. Los más impresionantes son, sin lugar a dudas, los jardines del Sur, al pie del Castillo, que tienen acceso a los jardines del Castillo, así como el jardín Vrtba, el más hermoso jardín barroco de la capital checa, y los jardines de Petřín, desde donde se tienen las vistas más hermosas al Castillo y a toda la ciudad.

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